Blog de Alberto Ferrero

Una Abeja de Tetuán

In Tetuán on enero 26, 2011 at 11:28 am

Salí a mediodía a fumar un cigarrillo a mi encantadora terraza. Tras tres o cuatro caladas, apareció una abeja, más exactamente, la abeja de Tetuán. El sol daba sobre la encantadora terraza proyectando alguna sombra de edificios cercanos. La abeja buscaría sol, el sol que me rodeaba. En pleno invierno, a nueve grados centígrados, apareció una abeja, la abeja de Tetuán.

Como siempre, las abejas molestan, por eso se les llama abejas, del latín abejum [ molestar]

Espanté la abeja dando tres o cuatro manotazos al aire. La Abeja hizo unos cuantos zig zags y desapareció por Pinos Alta. Justo antes de la boca del metro de Valdeacederas, la abeja entró en un bar. Quién sabe la causa de que una abeja se meta en un bar, no será por sed, por whisky, por frío. Tal vez, el humo de los parroquianos que fumaban fuera del bar confundió a la abeja y ésta se introdujo en el local. Allí dentro, los parroquianos, casi todos apoyados en la barra, dieron tres o cuatro manotazos al aire, mientras hojeaban el Marca. La abeja hizo acto de ausencia y salió a la calle.

En Bravo Murillo logró introducirse en el 66, autobús que lleva a Cuatro Caminos. Dentro del transporte público, el pánico cundió entre los pasajeros al ver la abeja. Los pasajeros, todos vestidos con abrigos, le gritaron al conductor que abriera las puertas. La abeja permaneció en el interior así que la gente bajó del autobús. El conductor permaneció impasible, en su trono, hizo caso omiso de la abeja, especialmente porque ésta no había pagado el ticket. El conductor siguió su ruta y no se detuvo hasta Cuatro Caminos, donde abrió las puertas y dejó salir a la abeja al exterior.

Lefties estaba en rebajas, por lo que la abeja entró en la tienda. La gente utilizó las bufandas que estaban contemplando, los fulares, las boinas, para espantar a la abeja. El guardia de seguridad de la entrada esgrimió su porra y se acercó a la abeja. Ésta, muy intimidada, hizo un único zig zag en el aire y desapareció. Además, a finales de enero las rebajas están en las últimas.

Surcando la ciudad en dirección al centro, la abeja hizo uso de las alas para adelantar coches e ignorar los frecuentes sonidos de los claxon.

Llegó hasta Gran Vía, siguiendo la línea 1 de metro por encima de los túneles, bajo el sol radiante. Llegó hasta la calle Montera. Allí, las protitutas llamaron a gritos a sus protectores, y estos aparecieron rápidamente saliendo de las sombras al sol radiante, dejando ver sus identidades. La abeja estaba cansada, tanto zig zag en el aire, no estaba preparada para un combate con los proxenetas de la calle Montera. La abeja bajó la cabeza y redujo el ritmo de sus zig zags. Volvió a casa, a Tetuán.

Yo seguía en mi terraza al atardecer, paso mucho tiempo en mi  encantadora terraza, apuro la presencia del sol. Vi cómo la abeja volvía a mi terraza y se posaba en una de las sillas de piscina que tenemos en casa. Lugar donde se suele sentar mi novia para hacerme compañía mientras fumo. La abeja se posó a mi lado y estuvimos contemplando el atardecer, fumando cigarrillos.

Entrevista de Trabajo

In Porpósitos on enero 25, 2011 at 6:13 pm

Acabo de llegar de la entrevista de trabajo. He dejado mi cazadora de paño de tres cuartos sobre la cama y ha dado la casualidad de que he llegado a casa a las cinco y tres cuartos de hora. Sigo con mis zapatos negros y mis calcetines blancos puestos, como un soldado que mantiene su uniforme. Vengo glorificado. Tengo la sensación de haber triunfado, realmente no se si me puedo considerar un soldado, pero sí un vencedor. Estoy pletórico. Creo que no tardaré en ponerme el pijama.

Curro me hacía la entrevista, un tipo que también había trabajado en Zaragoza y en Huesca. Teníamos algo en común. Las esperanzas de conseguir el puesto de trabajo estaban doblegadas, multiplicadas. Yo estaba sonriente. Curro estaba sonriente. Eran casi las cuatro, las 16:00 horas, y ambos estábamos sonrientes, por no hablar del chorro de luz natural, recién llegada del sol, que entraba por los ventanales.

Pero la entrevista no iba a ser realizaba por unanimidad, sino que Curro me dijo que íbamos a esperar a una consultora de interacción de usuario austriaca, procedente de Austria, y que solamente hablaba austriaco. No pasaba nada, mi austriaco es excelente, o al menos lo fue, cuando viví en el extranjero durante un año.

Durante la espera, Curro me dejó a solas. Encendí mi portátil con la intención de mostrar mis trabajos realizados a lo largo de mi carrera.

Llegó Curro acompañado de Helen, la consultora de interacción de usuario austriaca. Nos dimos la mano. Le estreché la mano correctamente, no de una forma nómada, sino de una forma eficiente. Nos sentamos. Helen y Curro me animaron a explicarles mi situación actual y mi situación pasada. Curro fue el primero en hablar, lo hizo en austriaco. Yo respondí en austriaco, mirando a Helen. Primero hay que conquistar a las damas. No voy a describirla, era una austriaca.

Les enseñé, con mi portátil, algunos trabajos, iconos, animaciones, layouts. Les enseñé cosas, cosas que yo no miraba pues estaba pendiente de la expresión de sus caras. Ambos, Curro y Helen, tenían una expresión austriaca. Helen apuntaba notas en su libreta. Yo mostraba con mi dedo de pianista los gráficos que surgían de la pantalla.

No estaba muy nervioso, pero sin querer, lancé al suelo el bolígrafo de tinta azul que sostenía. Afortunadamente, los entrevistadores no se percataron de aquel desastre ya que estaban revisando mis trabajos gráficos con su expresión austriaca. Me agaché a coger el bolígrafo de tinta azul y, entonces, descubrí sonriente que Curro llevaba calcetines blancos con zapato negro, como yo, y que Helen llevaba medias blancas con zapatos de tacón negro, como yo, aunque yo no lleve tacón ni medias, tan solo calcetines.

Lleno de aplomo, volví a incorporarme en mi silla, bolígrafo de tinta azul en mano, y volví a mirar sus expresiones. Ya no eran expresiones austriacas, parecían aburridos y no tardaron en decirme que NO les gustaba mi trabajo. Me lo dijo Helen en un castellano perfecto, con sus medias blancas y sus zapatos de tacón negros, me dijo: Tu trabajo no encaja en nuestro departamento. Helen se despidió. Curro, con sus calcetines blancos con zapatos negros, me acompañó hasta los tornos y me dijo que yo hablaba un buen austriaco.

Ahora solo me queda esperar, ponerme el pijama y guiñar más el ojo a mi novia.

Auuuuuuuuuuuuu

In Bestiario on enero 24, 2011 at 4:02 am

El hombre lobo de Tetuán no aullaba debido a la presencia de vecinos. En un bosque o en una montaña, tal vez el hombre lobo de Tetuán hubiera aullado. Pero seguía siendo un hombre lobo. Que se escondía de la luna llena, aunque a veces la luna llena le atrayera de manera considerable.

El hombre lobo de Tetuán iba a rodar, como actor, un spot publicitario para la casa Gillette, instrumentos de afeitado. El problema era que el rodaje del spot iba a transcurrir durante el fin de semana del 22 al 23 de enero del 2011. Luna Llena. Las cuchillas de Gillette no podrían con el espeso cabello del hombre lobo transformado.

+++

La mujer lobo de Plaza Castilla se hallaba depilándose las piernas en su baño, a la luz ténue de una vela. La mujer lobo suspiraba, necesitaba encontrar una pareja de hombre lobo, que viviera cerca de su hogar y lugar de trabajo, por ejemplo por Tetuán. Necesitaba colmar los instintos. Mientras tanto, la mujer lobo se hartaba de chocolatinas y dulces, con lo cual había engordado considerablemente.

La mujer lobo paseaba por los pasos de cebra con sus carnes de más y su esperanza de toparse con algún hombre lobo que se sintiera atraído por ella. Porque los hombres lobo se intuyen entre ellos de forma innata. La mujer lobo reconocía entre la multitud quizás unos cinco a seis hombres lobos al día. Casi todos guapos y atractivos. Lo malo era que también reconocía a las otras mujeres lobo, normalmente veía a unas dos o tres que trabajaban en Plaza Castilla. Le daba rabia verlas tan delgadas, al menos en comparación con ella, la mujer lobo.

+++

En Plaza Castilla trabajaba un floristero italiano. José. Se frotaba las manos y sonreía mirando a unos doce hombres lobo que acudían a comprar flores para sus parejas. José también sabía reconocer a los hombres lobo, estos eran los únicos que le dejaban propina, por eso los reconocía. Se frotaba las manos y sonreía. Veía cómo los hombres lobo, al resguardo del invierno con sus cazadoras de tres cuartos, ofrecían flores a unas atractivas mujeres lobo. También veía a una mujer lobo algo gorda. Ésta caminaba cabizbaja con su bolso ejerciendo fuerza de gravedad sobre ella. José no sentía lástima por ella, aunque a veces le regalaba flores, en vano, porque él, José, no era un hombre lobo, tan solo un floristero.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.