Salí a mediodía a fumar un cigarrillo a mi encantadora terraza. Tras tres o cuatro caladas, apareció una abeja, más exactamente, la abeja de Tetuán. El sol daba sobre la encantadora terraza proyectando alguna sombra de edificios cercanos. La abeja buscaría sol, el sol que me rodeaba. En pleno invierno, a nueve grados centígrados, apareció una abeja, la abeja de Tetuán.
Como siempre, las abejas molestan, por eso se les llama abejas, del latín abejum [ molestar]
Espanté la abeja dando tres o cuatro manotazos al aire. La Abeja hizo unos cuantos zig zags y desapareció por Pinos Alta. Justo antes de la boca del metro de Valdeacederas, la abeja entró en un bar. Quién sabe la causa de que una abeja se meta en un bar, no será por sed, por whisky, por frío. Tal vez, el humo de los parroquianos que fumaban fuera del bar confundió a la abeja y ésta se introdujo en el local. Allí dentro, los parroquianos, casi todos apoyados en la barra, dieron tres o cuatro manotazos al aire, mientras hojeaban el Marca. La abeja hizo acto de ausencia y salió a la calle.
En Bravo Murillo logró introducirse en el 66, autobús que lleva a Cuatro Caminos. Dentro del transporte público, el pánico cundió entre los pasajeros al ver la abeja. Los pasajeros, todos vestidos con abrigos, le gritaron al conductor que abriera las puertas. La abeja permaneció en el interior así que la gente bajó del autobús. El conductor permaneció impasible, en su trono, hizo caso omiso de la abeja, especialmente porque ésta no había pagado el ticket. El conductor siguió su ruta y no se detuvo hasta Cuatro Caminos, donde abrió las puertas y dejó salir a la abeja al exterior.
Lefties estaba en rebajas, por lo que la abeja entró en la tienda. La gente utilizó las bufandas que estaban contemplando, los fulares, las boinas, para espantar a la abeja. El guardia de seguridad de la entrada esgrimió su porra y se acercó a la abeja. Ésta, muy intimidada, hizo un único zig zag en el aire y desapareció. Además, a finales de enero las rebajas están en las últimas.
Surcando la ciudad en dirección al centro, la abeja hizo uso de las alas para adelantar coches e ignorar los frecuentes sonidos de los claxon.
Llegó hasta Gran Vía, siguiendo la línea 1 de metro por encima de los túneles, bajo el sol radiante. Llegó hasta la calle Montera. Allí, las protitutas llamaron a gritos a sus protectores, y estos aparecieron rápidamente saliendo de las sombras al sol radiante, dejando ver sus identidades. La abeja estaba cansada, tanto zig zag en el aire, no estaba preparada para un combate con los proxenetas de la calle Montera. La abeja bajó la cabeza y redujo el ritmo de sus zig zags. Volvió a casa, a Tetuán.
Yo seguía en mi terraza al atardecer, paso mucho tiempo en mi encantadora terraza, apuro la presencia del sol. Vi cómo la abeja volvía a mi terraza y se posaba en una de las sillas de piscina que tenemos en casa. Lugar donde se suele sentar mi novia para hacerme compañía mientras fumo. La abeja se posó a mi lado y estuvimos contemplando el atardecer, fumando cigarrillos.